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Archive for 31 diciembre 2009

Mimos

Por fin un juez ha quitado la custodia de un perro a su dueño maltratador, no entiendo cómo han tardado tanto… El energúmeno le dijo a la Policía que “le pegaba porque no le hacía caso y así se relajaba“. A la cárcel debía de ir…
Hablando de cosas más alegres, Miki, uno de mis fieles seguidores nos ha pedido que pongamos más fotos, así que publico esta en la que se nos ve a Juan y a mí en la mesa del comedor. Hay veces que mi querido dueño, cuando han terminado de comer, me deja subirme a sus piernas (no sabéis cuánto equilibrio hay que hacer al saltar para no caer por el otro lado) para que vea que ya no hay comida en la mesa y que mis oportunidades de quitarles un trozo de carne son nulas.

P.D.: Otro de mis fans, Abel, tiene algo que celebrar, por lo que le doy mi más sincera enhorabuena, aunque estoy un poco enfadado porque a mi móvil no ha llegado ninguna invitación…

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Menos mal que ayer llegamos a Madrid porque ya no podía más. Vaya trajín. Como hay entre 10 y 20 personas en casa de la abuela, cada vez que alguien sale, me lleva con él. Total, que me pasaba toooodo el día en la calle y es algo agotador.

Un día la prima María y a Clara se les ocurrió llevar a Óscar a visitar el Parque Primo de Rivera y fui con ellos, claro. Al llegar allí recordaron que de pequeñas alquilaban bicis al lado del estanque de los patos y fuimos a ver si había carritos de tres personas. Cuando oí sus gritos de alegría al ver que quedaba uno libre empecé a tener miedo.

Me intentaron meter en la cesta donde colocan a los niños, pero me negué y salté al suelo (desde una altura considerable para mis delicadas patas, por cierto), así que se montaron y yo iba corriendo detrás de ellos. Los primeros 15 minutos estuvieron bien, pero luego ya… Al final me escondí detrás de un arbusto para que pararan y me salió bien la jugada. Clara se bajó y Óscar y María siguieron sin ella a devolver la bici, así que los últimos metros pude ir a un ritmo más lento disfrutando de los olores. Cuando creía que todo había terminado, me di cuenta de que teníamos que volver a casa de la abuela, ¡otra media hora andando!

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Obediencia

El otro día iba paseando con mi padre por la calle por donde Juan tiraba piedras a los coches de los militares… Empiezo a contar esta historia y luego sigo con la mía. Juan y sus amigos, se pasaban los recreos del colegio tirando piedras por encima de una de las vallas del colegio y sonaba “clonck”. Dos días después el colegio recibió una llamada de la Escuela de Guerra Naval que está enfrente diciendo que caían piedras en los coches que había en su aparcamiento. Buena bronca les cayó a Juan y a sus compinches, jeje.

Ahora lo mío: iba por el final de esa calle y vi a un perro en el jardincito de enfrente. Me quedé mirando de puntillas, como dice Germán, y una señora que había en la esquina me miraba alucinada esperando a que me lanzase a la calzada. Mi padre “pasaba”, llegó a mi altura, chascó los dedos dos veces y seguimos andando a la vez por la calle de la izquierda. Para chulo, él; para obediente, yo.

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Cuando vamos a casa de la abuela, llevan todas mis cosas en una bolsa y la dejan debajo de la cama donde duermen mis padres. Un día, hace un par de años, dejaron la bolsa de las chucherías medio abierta, cuando todos estaban cenando me fui investigar y logré abrirla. Clara se mosqueó porque no les pedía comida y empezó a buscarme.
Me encontró un poco tarde, a punto de incarle el diente a la última golosina… Me echó la bronca y fue al comedor a contárselo a todos, que se rieron a carcajadas, sobre todo la abuela. Fue una gran noche, lo único en lo que no había caído es que iba a estar el resto de la semana sin ‘premios’.

Aunque… qué queréis que os diga, mereció la pena, jeje.

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El coche

Se acerca la Navidad y por lo tanto un largo viaje en coche. No entiendo porque no me puedo quedar en Madrid con los chicos… aunque en Zaragoza lo paso bien, de sofá en sofá. Por el día estoy en el del salón, para ver a todo el mundo, y por la noche duermo en el del cuarto de mi tía Paz.

En cuanto entro en el aparcamiento, me pongo a llorar y no paro hasta que me aburro tanto que decido dormirme. Alguna vez han conseguido calmarme diciendo: “Calla, que vamos a casa de la abuelita”. Eso se traduce, rápidamente, en mi cabeza a: Joaquín-comida, Paz-sobras, Abuela-sofá, perros nuevos, chucherías en bolsas debajo de la cama (el próximo día os cuento esta anécdota), Carmina-mimos…

Al fin y al cabo, el coche no es tan malo 😉

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Este verano, durante las fiestas mi pueblo, un graciosillo llamó al timbre de cada a las 5 de la mañana. Yo estaba en un cuarto con mamá, con la puerta cerrada, y en otro estaban los niños con Jorge y Carmina.

Carmina salió a ver si pasaba algo, pero se volvió a la cama enseguida. Yo estuve aullando, nerviosísimo, durante varios minutos hasta que mamá abrió la puerta y pude salir como una flecha hacia el cuarto de los niños. ¡¡Sólo quería asegurarme de que estaban bien!! Enseguida volví a mis aposentos y dejé tranquilos a todos. Soy un guardián incomprendido…

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Las camas

De verdad que cada vez entiendo menos a los humanos. Clara me deja subirme a la cama, entonces, ¿porqué me echa de la cama de Juan?

Esta mañana estaba ella en el cuarto de Juan, he llegado y me he subido a la cama; al principio no ha pasado nada, pero a los dos minutos me ha mirado y se ha puesto a decir: “No, no, no, no, ¡Juan no te deja!” y me ha echado. Entonces me he ido a su cuarto, pero la puerta estaba cerrada, así que he vuelto al cuarto de Juan y me he subido otra vez a la cama, pero antes de que me aposenatara, Clara ya me había bajado. Total, que me he enfadado y me he ido a mi cuna.

Esta no se la perdono, además, ayer tampoco me dejó entrar a dormir en su cuarto. Así que hoy, cuando se ha despertado, ni he movido la cabeza para darle los buenos días…

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